Amor con sabor a canela

Decidí independizarme. Y lo hice bajo el paraguas de saber que si no funcionaba siempre podía volver. Lo hice porque mi madre me dio unas antiguas llaves oxidadas por el tiempo, con una arandela que yo no formaba un círculo perfecto sino una espiral extraña, como la que de repente me llevó a recordarla sin más. A ella, a mi abuela, a la que tanto añoraba desde que nos dejó.

 

Me ilusioné muchísimo, busqué en Pinterest miles de ideas decorativas para crear mi nuevo hogar, mi vida independiente, de soltera, de libertades y fiestas sin control. Pero me faltaba un empleo o mejor dicho, un empleo digno que me permitiera cada mes superar mi primera economía doméstica.

 

No pude comprar nada. Quería una nueva vida, por lo que rechacé el ofrecimiento de mi familia y rehuse de llevarme mis antiguas cosas. Quería cosas nuevas, algo que me hiciera darme cuenta de que a partir de este momento empezaba a volar en plena libertad. Mentira.

 

Siempre me gustó ver en Youtube videos de cómo hacer yo misma las cosas. Pero nunca hice nada, quizás alguna pulserita con hilo cuyo resultado no tenía que ver nada con lo que las imágenes mostraban. Aún así, pasé las dos primeras semanas viendo cómo poder restaurar mi nueva casa.

 

Mi madre había heredado la casa de su madre. Era un quinto piso, sin ascensor, en una zona de la ciudad en la que los inmigrantes se habían asentado. Y simplemente lo hicieron porque fue un barrio que en su momento tuvo un gran boom demográfico pero la falta de infraestructura en los edificios, y la falta de ascensores en ellos hizo que el valor de esas viviendas bajara y que ellos pudieran comprar o alquilar de forma barata.

 

Reconozco que no me gustaba mucho la idea de encontrarme por las escaleras a personas que no eran de mi raza. Si, así lo pensaba, pese a que nunca tuve que debatir el aceptarlas o no, siempre las rechacé inconscientemente. Nunca tuve la oportunidad de dialogar con ellos, ni relacionarme ni mucho menos entenderlos. Si es cierto que siempre que me los cruzo viene a la cabeza la mirada de mi madre cuando alguien los cuestionaba. Ella, fuera de sí, gritaba: ¡Tolerencia, tolerancia es lo que nos falta!

 

Llegué a aquella casa con apenas dos bolsas grandes de ropa, varias llenas de zapatos (algunos que nunca más usé) y con cierta adrenalina en el cuerpo. La suficiente como para abrir aquella frágil puerta de contrachapado, que se atrancó a los 30º de su apertura porque el suelo estaba levantado y que me costó muchísimo empujar frente a la mirada de nostalgia de mi padre.

 

Ellos accedieron a mi inusual petición de independencia. “¿Estás segura?”. Les contesté con un sí rotundo que salió de mi boca pero que me estremeció durante meses. No sé muy bien porqué tomé aquella decisión. Me lo pregunté muchas veces en aquel cuarto frío y húmedo al que eché en falta la confortable calefacción de casa. Me lo pregunté miles de veces mientras oía el crujir de los muebles a las tantas de cada noche. Me lo pregunté cuando ni la música de mi smartphone evitaba los ruidos.

 

Pero ahí estaba cada día. Levantada y arropada con una gruesa bata de estar por casa evitando el frío, con una antigua cafetera tipo italiana que preparaba el café justo como me lo preparaba ella, con unos toques de canela y clavo. Allí estaba yo en su cocina vieja, antigua, de marcos imperfectos, de puertas ligeramente descolgadas, de manivelas sueltas que daban miedo cogerlas por si se caían.

 

Ahí estaba ella a cada paso. Porque en cada rincón de aquella casa aparecía ella transformada en mi. Y creo que eso fue lo que hizo que la soledad no derrumbara a esta loca de 21 años que había decidido, de la noche a la mañana, volar sola.

 

Apenas trabajaba cuatro horas diarias en una cadena de comida basura. Una multinacional donde simplemente era un número. Donde las políticas internas y la filosofía de empresa eran simplemente acciones de marketing de cara a los clientes. La parte oscura era un compañerismo ruin de ver quien era el próximo encargado. Sin importar a quien se pisaba por el camino.

 

Tuve muchas horas en aquella casa destartalada a la que el dinero no llegaba para crear ese hogar que me imaginé inconscientemente cuando decidí vivir sola. Veía los manises pequeños y antiguos de la cocina mientras buscaba en Internet “cómo remodelar una cocina antigua con pocos recursos”. Evidentemente lo que veía no me apetecía.

 

Sin embargo, descubrí tantos rincones... Era como si cada día estuvieran esperando ser encontrados por mi, cual tesoro para conectar de alguna manera con ella. Descubrí fotografías, una caja de latón llena de objetos extraños, notas, una libreta de color azul tabaco donde una rúbrica muy reconocida por mi ponía “RECETAS” y miles de envoltorios de polvorones metidos en otra caja de galletas de mantequilla de metal. Todos perfectamente doblados, uno encima del otro, por colores y por sabores. El de canela era el más abundante.

 

Fue como tenerla al lado de nuevo, porque comencé a cocinar esas recetas. Y como ya había empezado la Navidad, también a comer polvorones de canela. Afortunadamente eso me hizo ahorrar mucho más en la cocina (pero no la gula de los polvorones). 

 

Ella, que vivió la posguerra, y la carencia me enseñó años después a cocinar con muy poco dinero a aprovechar cada ingrediente, a aliviar mi estómago con riquísimos platos. Bueno, no todo estuvo riquísimo al principio, también hubo aprendizaje de ese que amarga las comidas, las quema o se pasa con la sal.

 

Una tarde, de esas en las que llegué hastiada del espíritu consumista de la Navidad, porque vivir tantos meses en la austeridad, con su recuerdo ayudándome a soportar los días y la falta de dinero, reparé en una silla de madera con el asiento de cuero de color verde.

 

Estaba colocada frente a la ventana, y a través de ella se veía una plaza. Yo había quitado todas las cortinas de la casa. Quería luz y estaban muy estropeadas. Pero la silla no la había movido del lugar. Ni siquiera sé porqué. O quizás fue ella, que me acompañaba cada día ahí. Al igual que lo hizo los últimos años antes de irse de mi presente. 

La silla era pequeña, la madera estaba estropeada del uso. su respaldo estaba compuesto de listones de madera verticales, concretamente cinco. Y la vi, la volví a ver mirándome con esos ojos de tristeza y melancolía que fueron parte de ella cuando supo que ya tardaría muy poco en irse.

 

Ese día miré la silla de otra forma, justo en ella estaba mi portátil abierto sin batería. Pero lo conecté a la luz y mientras esperaba que todo se reiniciara para comenzar eso que supe que tenía que empezar me bajé con la silla a la calle.

 

La llevé a esa pequeña plaza que recordaba de mi niñez, y que se veía a través de la ventana. Ya no había columpios, no había apenas bancos, las plantas estaban bastante dejadas. Apenas pasaba gente por allí, solo la bordeaban coches con conductores con la mirada fija en no sabemos qué.

 

Y me senté en el centro de la plaza, y escribí en un papel: QUIERO CONTAR TU HISTORIA. Y así me pasé días, bajaba a aquella plaza, me sentaba junto a aquel diminuto letrero esperando que alguien se acercara a contarme su vida. No sé porqué, aquella silla despertó en mí un deseo atroz de dar voz a quien no la tenía.

 

Y un día, un anciano, con un bastón en su mano, con un paso tambaleante, se acercó a mí muy despacio. Me dijo que llevaba días observándome, yo lo había visto también. Y que no sabía qué hacía allí, con el frío sentada en esa silla, una igual a la suya, esperando ¿a quién?

 

“A usted. Le espero a usted porque quiero contar su historia”. Le brillaron los ojos y sonrió ligeramente. Y él empezó así:

 

“Un día como hoy, un 8 de diciembre, Rosario me invitó a su casa. Coincidíamos todos los días comprando el pan e hicimos amistad. Los dos teníamos la misma edad y estábamos muy solos. Ella me preparaba un café buenísimo, bueno descafeinado porque la tensión…. le ponía un poquito de canela y eso junto a nuestras pasión por los polvorones de canela...”

 

Él fue quien dió vida a mi abuela Rosario en sus últimos diez años. Nunca me contó que tuvo una historia de amor preciosa en su vejez. Que empezó justo un 8 de diciembre, cuando se atrevió a invitar a Manuel a tomar un café a escondidas en casa. Nunca nadie lo supo. Pero ella quiso que lo contara, y así fue como mi primer libro: “Amor en la edad madura con polvorones de canela” comenzó a escribirse. Y así fue como el hilo rojo que siempre nos había unido a las dos para siempre, perdurara en el tiempo. Y también como aprendí del amor más allá de los límites de la vida, de los tiempos y las limitaciones

 

1 comentario en “Amor con sabor a canela

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