Aquella tarde llovía

Aquella tarde llovía. Y el agua dejaba un aspecto brillante ante mis ojos, un día gris. Quizás demasiado gris para mis ojos, que ya estaban cansados de tanto monocromatismo en mi vida.

El agua hizo que la sangre fluyera más rápido, que se difuminara por el suelo, que mezclara los colores y que me recordase de forma martilleante los últimos minutos de mi vida.

Ella no supo como decirmelo, como advertirme de la situación. Yo tampoco quise nunca escucharla, quería seguir en mi mundo, ese que poco a poco iba cambiando a pasos agigantados. Yo me daba cuenta, pero seguía tapando mis oídos y tarareando canciones infantiles.

También sentí cómo la sangre jugueteaba por la piel, a su antojo, sin una dirección que la llevara a un lugar concreto. Solo al suelo, a deslizarse por la acera junto con esta lluvia incesante.

Era un día gris, muy gris. En los últimos días todo había cambiado para mí, yo era consciente pero no quería ser responsable de los cambios, de las nuevas situaciones porque no quería, deseaba seguir siendo feliz.

Yo la veía a ella todos los días, a veces ni me escuchaba, ensimismada en esos problemas que yo nunca quise entender, pero que de alguna manera empecé a entender a la fuerza.

La veía levantarse temprano, acumulando bolsas en los ojos y manos cada día más ásperas, porque un día dejó de ser coqueta, de ponerse su máscara de pestañas, su color en las mejillas y sus uñas de color rojo.

Ahora notaba su piel áspera por la falta de cremas, por el exceso de productos para limpiar. Sus uñas eran imperfectas, no todas eran iguales y el esmalte de uñas delataba esa falta de confianza en ella misma.

Yo no quise escucharla cuando quiso hablarme, advertirme o ayudarme y dejé que la sangre corriera entre mis muslos hacia abajo. Quiero seguir siendo niña, seguir jugando a inventar lo que no existe. Y hoy, a partir de hoy ya dicen que soy una mujer, porque maché mis bragas de sangre.

 

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