La tierra de tus raíces

Se acerca y le coge la mano entre las suyas. Le acaricia el hueco que ha dejado la alianza en su dedo anular. Sus manos están sedosas y tersas. Se acerca silenciosamente a su cara. Ella desprende su particular aroma a jazmín y rosas que se homogeniza con el olor a incienso de la habitación. Sentado junto a ella le habla dulcemente, en voz muy baja y suave, ajeno a todo lo demás.

Aquel sábado recordé tus palabras. Aquellas que siempre decías “Las cosas siempre suceden por un motivo oculto que al principio no atinamos a descubrir, pero que tarde o temprano se nos revela y entonces comprendemos porque actuamos de una manera u otra”. El invierno me entristece tanto que no suelo salir de casa y dedico los fines de semana a leer y observar como cambia de color el televisor. Aquella tarde Luis me pidió que lo acompañara a aquel viejo pub. No me gustan ese tipo de lugares porque me recuerdan que la vida ya ha cruzado la línea divisoria que separa el ayer y el mañana, y donde el futuro es una simple rutina que no espera sorpresas. Pero aquel día decidí acompañarlo, pens é que sería una buena manera de recordar viejos tiempos escuchando la música de entonces.

Tú sabes que la música ha sido una de mis aficiones preferidas. Ahora disfruto de ella porque me ayuda a reconstruir en mi memoria los recuerdos de mi vida, evocándolos y manteniendo en perfecto orden las situaciones. Si cierro los ojos escuchando alguna canción vuelvo a vivir cada momento trasportándome en el tiempo. Entramos a aquel local que olía a pasado rancio cubierto por efímeras gotas de agua de colonia que cubrían el momento de todos los que estábamos allí. Representándose la imagen de un óleo pintado por la macabra actuación del que no quiere asimilar que la vida pasa muy deprisa. Retumbaban en los altavoces sonidos demasiado agudos, el son de una música que ya no iba con nosotros...Y entonces, entre las destellantes luces que desprendía una bola de cristalitos oxidada en el techo del local, vi tu imagen. Bailabas, marcando un ritmo diferente con tus manos y tus pies. Luego descubrí que la música del local no era la misma que sonaba en tu cabeza.

Hace una parada en su conversación y le da un beso en la mejilla. Le cuesta seguir hablando pero continua

No me hizo falta la música para regresar al pasado y volver a enamorarme de ti. El corazón se me aceleró y las palpitaciones aumentaron rápidamente. Antes se me aceleraba el pulso cuando te veía y aquella tarde fue la tensión la que me subió de golpe. Son estos pequeños detalles los nos que marcan el paso del tiempo. Tu imagen, distorsionada por el paso de los años, se reflejaba en el espejo de la vida. El tiempo se detuvo un segundo. El entorno se difuminó para dejarnos a solas unos minutos mirándonos a los ojos. Solos tú y yo. Como antes y como tantas veces proyecté en mi imaginación desde el día que te alejaste de mi lado. Yo te sonreía y tú no dejabas de bailar.

Tu cara apenas tenía acentuadas las líneas de expresión. Tu pelo no había perdido ni el color negro ni su brillo. Llevabas una melena y mientras bailabas recogiste tu pelo entre las orejas, como lo hacías siempre cuando te ponías nerviosa y no sabías como salir de alguna situación. Pensé que, con ese gesto, me habías reconocido pero no fue así. Entonces alguien te cogió de la cintura y besó tu mejilla. Sentí celos. Desde aquel fin de año que desapareciste de mi vida ya no volví a saber nada de ti. Me llegaban algunas ráfagas de tu vida. Sabía que te habías casado y que al menos tenías una niña. Siempre la imaginé con tu misma cara, con tus mismos ojos negros y vivos.

Sentí una punzada en el pecho. Me asusté, porque mi corazón ya no es el que era. Fue una tarde lenta, cargada de recuerdos, de sensaciones que se avivaron cuando comenzó a sonar una canción de la que te adueñaste del estribillo cuando aún estábamos juntos. La que me susurrabas al oído en nuestros momentos más tiernos “...Yo soy la tierra de tus raíces..”. Cada segundo de aquella tarde me recordó nuestro pasado juntos y comenzó a cargarse de remordimientos. Me quedé inmóvil entre la música y la gente, impotente, igual que las noches que te buscaba entre la multitud después de decirme adiós con aquellas palabras que nunca olvidaré: “No puedo seguir así. Te necesito a ti y tu no estas”. Palabras que se convirtieron en astillas de dolor clavadas en mi pecho recordándome el error de dejarte marchar para siempre.

Entonces me di la vuelta. Quise marcharme de aquel lugar, del zulo del pasado. Las palpitaciones se me habían subido a la cabeza y las manos me temblaban. Necesitaba que me miraras a los ojos, que me dedicaras una de tus tiernas sonrisas y me di cuenta de que estabas muy lejos. Volví a refugiarme en el alcohol. Lo había dejado años atrás pero aquella tarde no encontré mejor consuelo. Te habías escapado de mi vida una vez y me di cuenta de que ahora ya nunca más te podría recuperar.

Pasé una semana encerrado en casa rodeado de pastillas y remordimientos. Quería volver a verte. Tenía que hablar contigo, desde el pasado o desde tu locura…

Volví a aquel lugar. Allí estabas tú. Era curioso ver como la imagen que contemplaba era exactamente la de la semana anterior. Me acerqué a ti y te saludé. Pero tú estabas distante y no oíste mi voz. Insistí de nuevo pero esta vez fue Carlos el que contestó por ti. Me preguntó si te conocía. Dude en contestarle o salir de aquel lugar para siempre, pero no quería volver a alejarme de ti. Ya lo hice una vez. Le mentí. Le dije que estudiamos juntos y no sé cuantas mentiras más a lo largo de las semanas y los meses que estuve a vuestro lado viendo como te alejabas poco a poco dejando tu vida entre nosotros y llevándote la fantasía que estabas creando en tu cabeza.

Aquel día, los ojos de Carlos se pusieron vidriosos No se si fue la situación, el destino o quizás tu presencia la que hizo que entre nosotros dos surgiera una verdadera amistad. El no sabe lo mucho que te amé y ni lo mucho que te eché de menos cada segundo de mi vida. El necesitaba apoyo emocional y yo te necesitaba a ti, aun sabiendo que ahora eras parte de un Alzehimer muy avanzado que te obligaba a olvidarnos a todos para siempre.

Durante estos últimos meses los dos te paseamos por el parque, te dejamos bailar en el pub, donde la luz tenue y la música paliaban el efecto de la enfermedad a nuestra vista. Nos sentábamos en las terrazas y él te pedía una infusión. Mientras me hablaba de ti yo observaba como jugabas con la bolsita de la manzanilla aplastándola con la cuchara viendo como el agua cambiaba de color hasta que te cansabas y comenzabas a tararear sin pausa una melodía inventada. Carlos te cogia la mano para que te calmaras y yo te miraba fijamente a los ojos intentando que en algún rincón de tu cabeza quedase un recuerdo mío y me reconocieras. Le ofrecí mi ayuda incondicional porque yo no había olvidado quererte.

La otra tarde quedamos en el pub, pero no vinisteis ninguno de los dos. Me temí lo peor porque en los últimos días ya estabas olvidándote incluso de comer. La enfermedad estaba recalcando tu delgadez y marcando en tu cara la imagen macabra de la muerte. Carlos intentó en todo momento mantener en tu imagen la frescura que siempre emanaste, pero ya cualquier esfuerzo era inútil. Te estabas apagando.

Ayer llamé a Carlos con la esperanza de que me dijera que todo seguía igual, que estas ausencias no se debían a tu enfermedad. El apenas podía hablar y yo no quería escucharlo, ni sentir como te estaba perdiendo nuevamente, pero esta vez para siempre. Le pregunté si podía estar contigo estas últimas horas…

Las lágrimas le impiden seguir hablando. La vista se le nubla. Carlos le entrega una caja de madera en cuyo interior hay un anillo de plata. Él, sin entender nada saca el anillo y distraído lee el interior. Una inscripción conocida le hace entenderlo todo: “Antonio para siempre”. Mira a Carlos y luego la mira a ella. Uno tras otro, le ponen en su dedo las alianzas. Una de plata y otra de oro, una de Carlos y otra de Antonio. Mientras ella se olvida de respirar, ellos le dicen sin palabras que han mezclado la tierra donde estuvieron enterradas sus raíces.

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