Mis monstruos

Anoche hablaba con mis monstruos, más bien ellos me chillaban y me acobardaban. Intenté buscar en mi cabeza imágenes para evadir ese momento. Me imaginé hundiendo mis pies en la arena, sumergiéndome en el agua, reviviendo esos momentos que un día me hicieron tan felices que quise volver a ellos.

No hubo nada que paliara este acoso y derribo que sufría. Me gritaban cada vez con más fuerza. Y por mucho que apretara mis manos contra mis oídos, por más que cerrara muy fuerte los ojos para no oir, sus gritos me atravesaban el alma.

¿Tengo miedo? No sé si esto es miedo, si es acumulación de emociones o son mis neuronas espejo empatizando con estos monstruos. Lo que sé es que las piernas me temblaban, y la garganta se oprimía. Hasta el punto de que no me dejaba ni si quiera pedir auxilio.

Al final, el esfuerzo hizo que, a ratos, pudiese dar cabezadas. El estrés que sufrió mi cuerpo hizo que abriera enseguida los ojos cuando los rayos de luz atravesaban mi ventana al amanecer. Todo ha hecho que el descanso no lo sea, y que otra vez, sea cómplice de este amanecer.

Amanecer. ¿Recuerdas lo que te gustaba sentir el amanecer? La ciudad enciendo poco a poco la luz de las calles, esos rayos tenues que van dibujando un nuevo día. Creando en cada persona una nueva historia. Las luces de los edificios encendiéndose a descompás y la brisa... La brisa fresca con un aroma a humedad rozando tu piel al tiempo que la eriza.

Y este amanecer también estaban los monstruos, mis monstruos. Estaban dormidos y yo les miraba. Les pedía clemencia hoy, les pedía tiempo, consejos, y conversaciones. Y hoy, me han dado una tregua.

Ahora están entretenidos con otra cosa, y yo también. Estoy entretenida en observar, en querer y en sentir las mariposas de todas esas ilusiones.

Inma Lara, 26 de mayo 2018

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