Nochebuena

No recuerdo bien el tiempo que estuve allí, al final de la calle Mayor con mis ojos fijos en el horizonte, mojados por la impotencia y la rabia del que lo ha entregado todo por amor y deja marchar a sus hijos hacia un futuro predeciblemente mejor.

-"Adiós mi niña. Y tú José, cuídamela. No olvidéis este pueblo, ni a tu madre, ni a mi. Nosotros os mantendremos vivos en nuestra memoria para siempre."

Mi mujer me cogió del brazo y sin palabras me insinuó que volviésemos a casa. Así lo hicimos, acompañados de la melancolía que comenzaba a crecer en nuestros corazones. Caminamos juntos, a paso lento y sin mediar palabras. Oímos el eco de nuestro pasado a través del abismo que dejaba su marcha y que iba abriéndose camino en nuestro presente, augurando un futuro plagado de nostalgia.

Y en ese trayecto evoqué la imagen de la niña que fue una vez, cuando se escondía tras las esquinas y yo fingía creer que la había perdido mientras su voz intentaba que la encontrase y oía su risa al no lograrlo. Al llegar a casa y abrir la puerta, una brisa de soledad nos rozó ligeramente, embriagándonos de una prematura vejez que percibimos de inmediato en nuestro cuerpo. Nuestros rostros comenzaron a agrietarse lentamente y nuestros ojos fueron apagándose como la luz del candil cuando apenas queda aceite. Supe por sus cartas que recorrieron grandes distancias, que pasaron hambre, sed y el cansancio los consumía poco a poco.

Cruzaron grandes ciudades llenas de ruidos de carruajes, de transeúntes alborotados, lugares donde los efluvios del conjunto se mezclaban con el de la basura que se amontonaba en los rincones y cuyo olor era casi insoportable.  El dinero se les iba agotando y José no encontraba trabajo en las carpinterías pese a demostrar que sus manos trabajaban la madera con una precisión y una delicadeza jamás vista. Me contaba que eran tiempos difíciles y que los recuerdos del pueblo le hacían daño en el corazón, pero que se mantenía fuerte para que José no decayese en su empeño.

También me dijo que su amor iba creciendo por momentos, que todos estos obstáculos no hacían sino crecer aquel sentimiento que a veces la asustaba. Las noches las pasaban en los bosques porque en las ciudades les obligaban a pagar un peaje que ellos no se podían permitir. Lo hacían bajo un árbol, una cueva o cualquier lugar que encontrase, y así poder refugiarse y encender una pequeña hoguera que eliminara la humedad de aquel frío tan penetrante. Pero los ruidos del viento, las hojas secas y los animales de la noche no la dejaban dormir.

Las pesadillas de monstruos de su niñez habían resurgido. Veía sombras que no existían y comparaba ruidos de aves con seres extraños. Todo esto lo combatía apretando muy fuerte la mano de su marido, aumentando así su fortaleza, mientras él, orgulloso, la tranquilizaba de sus miedos con un abrazo. Así pasaban las noches hasta que amanecía y volvían a reanudar la marcha en busca de la suerte que partieron a buscar. El invierno se hacía cada vez más frío, más húmedo y más insostenible. En la mesa de mi cocina, mientras mi mujer me obsequiaba con un plato de sopa caliente y trozos de pan duro, leí en una de sus cartas y en voz alta que María, mi niña, se había quedado embarazada.

Me contó como su cuerpo fue cambiando progresivamente. Al principio se asustó porque durante unos meses tuvo nauseas que la debilitaron enormemente. José luchaba por traerle alimentos que encontraba en el camino para que se recuperase temiendo lo peor, aunque no entendían el aumento de peso y el cambio de figura que estaba experimentando. Una mañana despertó antes que José y le comunicó que aquellos males no eran sino una ilusión que se había posado en su vientre. Ambos se abrazaron y lloraron juntos hasta quedarse sin lágrimas.

Sus ojos comenzaron a brillar y a partir de ese momento su empeño y su suerte se verían unidas por un único destino: Su primer hijo. Mi mujer, al oír la noticia, también se echó a llorar. La abracé y juntos recordamos como fueron aquellos momentos donde también nosotros sentimos la llegada de María. Su suerte no cambió mucho durante los siguientes meses y siguieron recorriendo mundo ayudándose de algunos trabajos que realizaba José en algunas granjas y de la compasión de algunas mujeres que daban leche y pan a María para que cuidara del bebé que llevaba en su interior.

Nosotros, mientras tanto, continuábamos en este pueblo que poco a poco iba envejeciendo tras el abandono de nuestros hijos paulatinamente. Así notábamos como el pueblo iba perdiendo luz y la tristeza se iba instalando a su antojo en todas las puertas. Nos convertimos en fantasmas que vagaban en silencio por la evocación de un pasado que nos hacía enmudecer.

Una noche de finales de Diciembre, salí al portal de mi casa llevado por una sensación extraña. Un hormigueo recorría mi interior avisándome de algo que no solo yo percibí, ya que de repente todos los canarios comenzaron a cantar como en época de celo. Al salir a la puerta, miré hacia el cielo y vi una gran estrella que lo cruzaba y que a su paso iluminaba nuestro hogar. Llamé a Ana, mi mujer, que salió en mi busca. Quedó perpleja del espectáculo que allí estaba sucediendo. Nos abrazamos muy fuerte y vimos aquel halo de luz que nos alumbraba. Ella sonrió y dijo:

"Joaquín, creo que nuestro nieto ya ha nacido y todo ha ido estupendamente. Pronto recibiremos una carta de María y José dándonos la buena nueva. Esa estrella nos anuncia que Jesús ya está en este mundo."

1º PREMIO en el XLI Concurso de Cuentos “GLORIA FUERTES” de Radio Elche, 2004

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