Si no lo digo, reviento

Si no lo digo, reviento

Hago acopio de sus palabras “Si no lo digo, reviento”. Miro la compresión y la bondad en sus ojos, y en el libro que me acaba de regalar, leo en su prólogo: “sin intención de perjudicar a nadie”. Dos frases que resumen la vida de un hombre, de unas emociones y de una vitalidad que, a día de hoy, mantiene encendida en la calidez de su mirada.

Oriundo de un pequeño pueblo manchego, cuyo nombre obedece a Montalbo, Cándido es el reflejo de un hombre luchador, que dedicó parte de su vida a la supervivencia, a definir su lugar en una sociedad, en el mundo roto que dejó la Guerra Civil española.

Nació oliendo a humo de cañón, buscó el cobijo de los sentimientos rotos que marcaron las dos Españas, vivió rodeado de los que mandaban y los que se escondían entre las montañas: del poder y del exilio. Dejó su infancia marcada por el trabajo duro, por la búsqueda y el reconocimiento del hombre que germinó antes de tiempo, alimentado por el hambre y la necesidad. Acompañó a sus padres de un lugar a otro, en la distancia y en las añoranzas.

Una vida de idas y venidas al lugar donde nació, y dónde no vivió más que las tormentas que provocaban el hambre y las constantes huidas de su familia en busca de un futuro mejor.

De una parte a otra de la península, Cándido, escondió entre los jirones de su piel a un poeta, a un escritor, a un filósofo rural y a un escultor. Y todos ellos fueron madurando bajo su camisa de cuadros, sudada y manchada del trabajo que tuvieron que realizar sus manos para sobrevivir.

Y mientras caminaba por la vida guardaba en sus bolsillos la recopilación de cada momento vivido. Textos marcados en su mente y transcritos en sus nuevos años jubilados dedicados a la prosa,  a la poesía y a la escultura.

El bar “Montaditos” es el primer cómplice de un encuentro generacional. A mi primera entrevista “extra universitaria” me acompaña mi hija Anabel de cuatro años. Me ha prometido que se portará bien y aunque dudo de sus buenas intenciones, juntas esperamos a Cándido.

Puntal dobla la esquina acompañado de su mujer, ambos nos reconocemos enseguida, nos presentamos y entramos al local. Una mesa redonda de cristal nos espera, una espectadora inerte de unas horas que transportan recuerdos, añoranzas y futuro.

Somos tres generaciones las que nos sentados alrededor de la  mesa ovalada de cristal. La tecnología me falla, no puedo conectar mi pda, ni mi grabadora mp3. No me queda otra que coger mi bolígrafo y mantener mi atención al cien por cien para no perder detalle de la conversación. Mis mecanismos atención se aflojan porque Cándido, a través de sus palabras, me permite recordar momentos de mi infancia y adolescencia. Cuando uno de mis abuelos me contaba las penurias de ese mundo que tuvo que vivir. La supervivencia, el ingenio y la migración de unos pueblos a otros buscando trabajo y subsistencia eran la nota predominante de la post-guerra.

Mientras Cándido habla, mira sonriente a Anabel, que ya se muestra inquieta sobre la silla y pide un helado, el que no se come, el que se derrite encima de un cenicero no usado, y que se llena del líquido rosa, del cambio del estado sólido. Unas palabras que se abren paso para recordar las diferencias entre su infancia y la que ahora tiene ante sus ojos. “Estos lo tienen todo, y nosotros no teníamos nada”. Es un momento de cruce, de intercambio de opiniones, de reflexiones y de sentimientos, con una diferencia: Que yo tampoco viví en los años de la nada, del rencor y de las carencias.

A mitad de la conversación, Candido me regala un libro, y para continuar esta historia, hago acopio de sus palabras “Si no lo digo, reviento”. Miro la compresión y la bondad en sus ojos, y leo en el prólogo del libro: “sin intención de perjudicar a nadie”. Dos frases que resumen la vida de un hombre, de unas emociones y de una vitalidad y el respeto hacia los demás.

Nació en un pequeño pueblo manchego, cuyo nombre obedece a Montalvo. Cándido es el reflejo de un hombre luchador, que dedicó parte de su vida a la supervivencia, a definir su lugar en la sociedad, en el mundo roto que dejó la Guerra Civil española.

Nació oliendo a humo de cañón, buscó el cobijo de los sentimientos rotos que marcaron las dos Españas, vivió rodeado de los que mandaban y los que se escondían entre las montañas: del poder y del exilio. Su infancia quedó marcada por el trabajo duro, por la búsqueda y el reconocimiento del hombre que germinó antes de tiempo, alimentado por el hambre y la necesidad. Acompañó a sus padres de un lugar a otro, en la distancia y en las añoranzas.

Una vida de idas y venidas al lugar donde nació, y dónde no vivió más que las tormentas que provocaban el hambre y las constantes huidas de su familia en busca de un futuro mejor.

De una parte a otra de la península, Cándido, escondió entre los jirones de su piel a un poeta, a un escritor, a un filósofo rural y a un escultor. Y todos ellos fueron madurando bajo su camisa de cuadros, sudada y manchada del trabajo que tuvieron que realizar sus manos para permanecer en pie.

Y mientras caminaba por la vida guardaba en sus bolsillos la recopilación de cada momento vivido. Líneas subrayadas en su mente y que ahora, transcribe en sus nuevos momentos de jubilado. Los dedicados a la prosa,  a la poesía y a la escultura.

Filosofo y artista de la calle, Cándido es un hombre que aprovechó todas las experiencias que la vida le brindó para no tener miedo a hablar, para exponer sus ideas, para luchar por lo que le parece justo y para criticar las injusticias. Pero sobre todo, es una persona que tiene el coraje de enfrentarse a una nueva ilusión.

El sueño de su vida ha sido, a lo largo de los años, el cómputo de necesidades que ha recopilado hacia su propia supervivencia. Cuando la vida le permitió un descanso en su rol decidió caminar y en ese trayecto encontró un sendero que lo llevó hasta un mundo nuevo, desconocido para él. Un lugar entre la naturaleza que tanto amaba para encontrarse con Mariano Ros y comenzar a esculpir en la piedra natural de la sierra del Ferriol, en Elche.

Dejó atrás los años de sufrimiento, de trabajo y de rutinas para cincelar la piedra con sus propias manos y demostrarse a sí mismo que dentro de él había escondido un artista. Junto a Mariano Ros lleva los últimos años convertido en un artista y un defensor de la nueva realidad que encontró en los paseos en su condición de jubilado. Ayudó al octogenario a mantener su obra y a defenderla tras las denuncias del Seprona. Ambos comparten una vocación tardía.

Comenzó a escribir y se dio cuenta de que tenía muchas cosas que contar. Comenzó a dialogar y se dio cuenta de que sus experiencias eran escuchadas y admiradas, que el mundo se paraba para escuchar lo que tenía que decir y que todo lo vivido no era sino la oportunidad de renacer de nuevo en forma de escultura o en forma de libro contando su vida.

Candido es admirable porque en el contrarreloj del tiempo ha decido caminar en vez de sentarse, ha decidido soñar a quedarse dormido, a compartir en vez de guardar. Y aunque los surcos en su piel marquen sus años vividos, su corazón mantiene la alegría y la quimera de la juventud.

Inma Lara

 

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